Justo cuando Alessandro creyó que el ritual de purificación había terminado, la tía María le cerró el paso con la agilidad de un centinela.Luana, al notar el cansancio en los ojos de su marido, soltó una risita cómplice y se encogió de hombros.—Solo hazle caso, querido —le susurró—. Si no lo haces, ella no pegará ojo en toda la noche.Alessandro suspiró, resignado. Sabía muy bien que si no saltaba sobre aquella palangana de agua, no sería la tía María quien se quedara sin dormir, sino él mismo, perseguido por sus consejos y supersticiones hasta que amaneciera. Con un salto preciso y un poco de paciencia, cumplió al fin con la última exigencia.Media hora después, Alessandro logró cruzar por fin el umbral de la sala. El sueño le nublaba los sentidos, y la sola idea de recostarse sobre una almohada suave era lo único que le mantenía en pie. Sin embargo, al entrar, se encontró con una mesa llena de comida, de la que emanaban los aromas de todos sus platos favoritos.—Has pasado tantas
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