—Yo también lo creo. Andar por ahí disfrazado todo el día... ¿por si acaso te crees una gran estrella? —disparó el viejo Curie, mirando de reojo a Carlo como se lo estuviera desafiando a responderle.Carlo ya estaba en sus treinta, pero su apariencia y vestimenta gritaban "veintitantos". Para el patriarca, aquella falta de seriedad en su aspecto era un reflejo de su falta de madurez en la vida.—Papá, aunque todavía no he causado un impacto global arrollador, soy, como mínimo, un éxito moderado —se defendió Carlo en un tono de voz bajo, casi en un murmullo.La modestia de Carlo, sin embargo, ocultaba la realidad: era uno de los raros actores que había logrado conquistar Hollywood, apareciendo en pósteres internacionales. En Arezzo, era una máquina de taquilla, el consentido de las audiencias y el rostro de la nueva generación de talentos. Su reputación era tal que la CCTV lo invitaba a la Gala del Festival de la Primavera desde hacía tres años consecutivos. El día en que se llevó el p
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