El frío del cañón de la pequeña pistola de Isabella parecía irradiar una temperatura glacial que congeló mis pulmones. Estábamos en el pasillo lateral, a escasos metros de la habitación donde mi hermano descansaba tras su cirugía. El silencio de la mansión, antes pacífico, ahora se sentía como una mortaja. Isabella lucía impecable, ni un solo cabello fuera de lugar a pesar de haber burlado la seguridad de la isla privada más custodiada del mundo. Su sonrisa no era de odio puro, sino de una satisfacción intelectual; disfrutaba de este momento como si fuera el clímax de una obra de teatro perfectamente ejecutada.—¿Cómo entraste aquí? —pregunté, forzando a mis cuerdas vocales a obedecer mientras mantenía las manos a la vista, las palmas abiertas en un gesto de falsa sumisión.—Oh, Elena. Alexander es brillante, pero su arrogancia es su punto débil —dijo ella, dando un paso lateral para bloquear por completo el acceso a la enfermería—. Él cree que posee la lealtad de sus hombres porque l
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