La biblioteca de la antigua residencia Castillo se sentía como una cápsula del tiempo que acababa de estallar, llenando el aire con el polvo de verdades que habían estado asfixiadas durante tres décadas. Julián Sokolov, el hombre que debería haber sido una sombra en un archivo judicial, nos observaba con una serenidad que solo se adquiere tras haber muerto una vez y aprendido a caminar entre los vivos.Alexander no bajó el arma del todo; su instinto, forjado en la paranoia de los Volkov, le impedía confiar en un extraño que aparecía en la oscuridad, incluso si reclamaba ser la sangre de mi sangre.—¿Sokolov? —repitió Alexander, su voz resonando en el silencio sepulcral de la habitación—. La familia Sokolov fue erradicada en la purga corporativa del 96. Dimitri se encargó personalmente de que no quedara ni un solo activo, ni un solo nombre.—Dimitri era eficiente, pero la soberbia siempre fue su punto ciego —respondió Julián, dando un paso hacia la luz. Su rostro, surcado por arrugas qu
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