No sé cuánto tiempo me quedé en mi habitación, pero el sonido de un golpe en la puerta me despertó de repente.—¿Valentina?Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Doña Carmen entró, moviéndose con cuidado, sus viejos huesos doliendo con cada paso. Era pequeña y delgada, su cabello blanco como el algodón, y sus manos estaban arrugadas por la edad. Pero sus ojos, esos ojos parecían verlo todo, como si pudieran atravesarme.No dijo nada al principio. Solo se sentó en el borde de mi cama, con movimientos lentos, como si estuviera pensando en algo. El silencio entre nosotras se alargó, denso y pesado. No quería mirarla.En cambio, me concentré en el cuadro de mi madre que colgaba en la pared frente a mí. Era la única foto que tenía de ella. Su sonrisa cálida, sus ojos amables, todo se sentía tan lejano ahora. La imagen parecía difuminarse mientras mis pensamientos divagaban.Después de mucho tiempo, Doña Carmen finalmente habló.—No debería haberte dicho eso así —di
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