Los señores Ferreira estaban en el despacho de la casa hablando sobre el destino que tendrían sus empresas, cuando una de las sirvientas llamó a la puerta y les anunció que el señor Óscar estaba aquí y que desea verles.—Hazlo pasar aquí al despacho, por favor. —Ordenó.—Sí, señor, con su permiso me retiro. —Respondió muy educadamente la señorita.—Familia, qué tristeza me da por Arnaldo, y aunque no estábamos cerca, pero yo lo quería con toda mi alma porque era mi sobrino político, el único niño con el que mi hijo jugó y compartió muchas cosas en su infancia.Dijo el señor Óscar, lanzándose a los brazos del abuelo y fingiendo dolor al llorar con sus lágrimas de hipocresía.—¿A qué has venido, Óscar? —cuestionó de inmediato. Sabiendo que no es bienvenido, se atreve a aparecer como si nada.—Papá, no es el momento para discutir, por favor calmémonos, sí.—Este hombre es tan descarado, él sabe que tiene prohibida la entrada a esta casa y aun así viene. ¿Qué no te das cuenta, hijo, de qu
Leer más