Capítulo 19 – El silencio y la soledadEl tiempo en el convento parecía no pasar, como si las paredes frías hubiesen devorado el tic-tac de los relojes. Tras el enfrentamiento con la madre superiora, Anastasia y Vera habían sido arrojadas nuevamente a la celda de castigo, esta vez sin límite de días, sin explicación, sin más compañía que las ratas que corrían entre las piedras húmedas y el eco de su propia respiración.El silencio pesaba como una lápida, y la soledad era un látigo que se clavaba en sus almas.Anastasia estaba sentada en el suelo, recostada contra la pared, con las piernas dobladas y los brazos rodeando su vientre. Su respiración era lenta, casi contenida, como si temiera despertar a la criatura que crecía dentro de ella. De vez en cuando, su mano acariciaba la curva de su abdomen, y un destello de ternura aparecía en su mirada.Vera, en cambio, caminaba de un lado a otro de la celda, como una fiera enjaulada.— No puedo creer lo que nos están haciendo — masculló Vera,
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