—Eres libre de irte, Adriana. Tienes que agradecérselo a tu primo —la voz pesada del sargento Miller cortó el sofocante silencio de la sala de interrogatorios.Adriana no se movió. Sus ojos permanecían fijos en una mancha sobre la superficie de la mesa, mientras sus dedos se aferraban a la parte inferior de su silla con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.A su lado, Eduardo se mantenía erguido. Acababa de terminar de firmar el documento para retirar los cargos, un falso acto de misericordia después de que Adriana fuera acusada de atacar a Emma, su propia hermana de sangre.—Gracias, sargento —dijo Eduardo con una sonrisa encantadora y pulida.—No es problema, Sr. Castilla. Adriana, después de esto, espero que te comportes —añadió Miller. Adriana permaneció en silencio, sin ofrecer respuesta.—Vamos, Adriana. —Volvamos a casa —susurró Eduardo suavemente.Una mano grande aterrizó en el hombro de Adriana, apretando con firmeza. Adriana se estremeció, pero no se alejó. Era una
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