El silencio en el subsuelo de Broward se volvió absoluto, una trampa de concreto que devoraba el oxígeno segundo a segundo. Helena, con la espalda apoyada contra el muro, sentía el sudor frío empaparle el cuello del uniforme naranja.La punzada en su vientre ya no era un aviso sordo, era un espasmo rítmico que la obligaba a presionar las manos contra su piel, conteniendo un grito para no desatar el pánico.Al frente, Brooke permanecía de rodillas, con los dedos enterrados en la lona de la litera inferior. Su respiración era corta, entrecortada por el dolor físico y la claustrofobia que trepaba por las paredes de la celda 12.— Brooke... mírame — articuló Helena, forzando la voz a través de una garganta reseca — No dejes que el miedo te acelere el pulso. Si te hiperventilas, le quitarás oxígeno al bebé.Brooke alzó el rostro, mo
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