A las ocho ya estaba de vuelta en el estudio.Marco no le había hecho preguntas al llegar. Le había echado un vistazo a la cara, había preparado café, se lo había puesto al lado y había vuelto a la correspondencia. Eso era exactamente lo que ella necesitaba y le agradecía que lo hubiera leído.La colección de Londres estaba al caer. Faltaban dos semanas, quizá menos si la entrega de telas llegaba antes. Tenía lista la pieza central y tres de las piezas secundarias en fase de acabado. Lo que quedaba eran los detalles: los remates, las pruebas, las cientos de pequeñas decisiones que separaban una buena colección de una que la gente recordara.Había decidido la dirección hacía semanas: fantasía futurista. Ni disfraces, ni trucos. Ropa real y ponible impregnada de algo de otro mundo: siluetas estructuradas, toques metálicos, telas que se movían como si estuvieran vivas. El tipo de trabajo que hacía que la gente se detuviera a mirar y no entendiera del todo por qué no podía apartar la vist
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