“Yo elijo qué te hago. Yo elijo el ritmo, yo elijo el cómo, porque siempre voy a tener el control de todo, de ti”. Finalmente se apartó, aunque su mirada nunca abandonó la de ella.El pecho de Aria subía y bajaba levemente, recuperando por fin el aliento. Quizás por un momento pensó que podría dominar a este hombre tan poderoso, pero ahora se daba cuenta de que él podía consumirla.Incluso ante sus confesiones de poseerla totalmente, su centro latía aún más, completamente subyugada por su encanto.Lucian buscó su vaso de nuevo, dio un último trago y lo dejó caer sobre la encimera. Se limpió los labios con rudeza con el dorso de la mano, sin dejar de mirarla a la cara, con la mirada cargada de oscuras intenciones de devorarla.“Ahora, tienes que estar callada”, dijo él, acercándose más entre sus piernas. “Tan callada como una maldita rata de iglesia, ¿entiendes?”.Aria asintió frenéticamente. Sus dedos se clavaron con fuerza en los bordes de la encimera. Sus pezones se endurecieron; ca
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