Tres semanas después del balcón y las dos sillas de aluminio y el sí de una sola sílaba, la vida en el penthouse de Polanco había encontrado su forma real.No la forma del protocolo de cuatro páginas, que era la forma que la situación requería cuando dos personas que no se conocían necesitaban estructuras externas para coexistir sin colisión. No la forma del documento de una sola regla, que era la versión honesta de lo que ya existía cuando las estructuras externas ya no eran necesarias pero el nombre todavía no había llegado. La forma real de las cosas era diferente a ambas: más irregular, más orgánica, con fricciones que no eran del tipo que produce el desacuerdo sino del tipo que produce la proximidad de dos personas que tienen maneras distintas de habitar el espacio y que han decidido que esa diferencia es habitable.El desayuno de los martes era parte de esa forma.Había empezado sin anuncio, de la misma manera en que todas las cosas de ese hombre empezaban: el primer martes desp
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