Diez años despuésEl invernadero nunca había estado tan vivo.Las luces doradas se filtraban entre las hojas como siempre, pero ahora se mezclaban con el eco de risas infantiles y el olor a tierra húmeda removida por pequeñas manos curiosas. Sophia Isabella, con veintisiete años, observaba desde la puerta principal cómo sus dos hijos jugaban entre los rosales. Vestía de negro, como era su costumbre, pero ahora llevaba una chaqueta ligera de Rafael sobre los hombros, impregnada de su aroma.Elias Voss-Blackwood, de ocho años, tenía el cabello negro azabache de su madre y los ojos penetrantes de su padre. Sostenía con reverencia una rosa mitad negra, mitad dorada, explicándole a su hermana menor con la seriedad de quien repite una lección sagrada:—Esto significa que el amor no siempre es fácil, Aria. A veces quema tanto que crees que vas a desaparecer. Pero si te quedas… si eliges quedarte aunque duela… se vuelve oro.Aria, de cinco años, con rizos castaños rebeldes y una pequeña marca
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