SOFIA La adaptación no se alivió tras aquella conversación. Al contrario, se volvió más deliberada. Se integró en la esencia misma de mi mañana, reflejándose en la forma en que gestionaba mi tiempo, que ya no era tan flexible como antes, cuando podía moverme dentro de límites invisibles y decidir cómo usar mi respiración. Ahora, la estructura era fija, rígida e inflexible. Habitaciones específicas. Horarios específicos. Movimientos que no solo se anticipaban, sino que se dirigían con mano dura. Lo noté en el momento en que Clara vino a buscarme. No había ninguna sugerencia cortés en su postura, ninguna charla trivial para suavizar el golpe de una nueva orden. «Hoy trabajarás en el ala este», dijo, con una voz que parecía el cierre de una persiana.
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