IsabellaEl candelabro seguía tirado en la esquina, medio enterrado donde había caído la noche anterior.Un rayo de sol pálido entraba por la ventana sucia, iluminando las partículas de polvo que flotaban sobre la camilla.Pedro Genaro parpadeó dos veces, despegando los párpados con un crujido seco.Su mirada ya no nadaba en el blanco de los ojos; sus pupilas se fijaron directamente en las vigas del techo, enfocadas.—¿Por qué estás aquí? —su voz salió como el roce de dos liras oxidadas.Intentó mover el brazo izquierdo, pero el dolor en el costado lo obligó a clavar los talones en el colchón.Me levanté del banco, dejando que la falda rozara la caja de las patatas con un quejido suave.—Freya salió a buscar raíces de sauce para la supuración —le dije, alcanzando el cucharón de agua.Él no miró el agua.Giró la cabeza despacio, arrastrando el pelo sucio por la almohada hasta que sus ojos se clavaron en los míos.—No te pregunté por la vieja, Isabella —arrastró mi nombre adoptivo con d
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