SEBASTIANElla intenta retroceder, pero mi mano se mantiene firme en su cadera mientras la atraigo hacia mí con persistencia, ignorando sus protestas y sin darle ni un centímetro de espacio para respirar o repensar lo nuestro.—Sebastian, no estoy...—Sí, lo estás —la interrumpo, mi voz bajando de tono, más silenciosa, ese tipo de tono que usaba cuando no quería que se escapara de mi agarre o de mi lado—. Estás exactamente como siempre has estado cuando estoy cerca de ti: inestable, perdidamente enamorada de mí, con una atracción e impulso hacia mí irresistibles.Ella tensó la mandíbula. —Tú no decides lo que soy o no soy en tu presencia. Me ha ido muy bien sin ti durante años; perdiste el derecho a exigir nada en el momento en que dejaste de comunicarte dos semanas después de nuestro apareamiento.Incliné la cabeza, mis ojos siguiendo el rubor que subía desde su pecho hasta sus mejillas. —No tengo que decírtelo; tú acabas de mostrármelo. Por lo que vale, sé que me equivoqué, pero ten
Leer más