Valentina se despertó a las cinco y media de la mañana porque su cuerpo no sabía dormir hasta tarde. Quince años de levantarse temprano para trabajar le habían jodido el reloj biológico de forma permanente. Ni una isla privada en las Bahamas podía arreglar eso.Se puso el bikini, agarró una toalla y salió de la villa sin hacer ruido.La playa estaba vacía. El sol todavía no salía del todo, solo una línea naranja en el horizonte que le daba al agua un color que Valentina no sabía que existía fuera de las postales. Se metió al mar sin pensarlo. El agua estaba tibia, salada, limpia. Nadó sin dirección, sin prisa, con la cabeza bajo el agua y los ojos abiertos viendo la arena blanca del fondo.Llevaba años sin nadar en el mar. La última vez había sido con su padre, en Carolina del Norte, tres semanas antes de que él se fuera al servicio. Tenía doce años. Su padre le enseñó a flotar de espaldas y le dijo que el mar era el único lugar donde podías dejar de pensar en todo sin que nadie te ju
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