Corrieron sin mirar a donde, la mano de Axel se le enterraba en el brazo y el frio le entumecía el cuerpo. De repente y sin aviso, el joven se de tubo y ella chocó con su espalda, tan dura como una pared.—¿Qué…? —él la cayó poniéndole la mano en la boca, era tan grande que le cubría casi toda la cara, y luego señaló al frente. Unos treinta metros a delante, un lobo de unos dos metros de altura olfateaba al ambiente. Axel la empujó y se recostaron en un enorme árbol.—No es de nuestra manada—le dijo él, pero Myra estaba distraída mirando para otra parte. Desde allí se lograba ver la hoguera y a su padre tirado en el suelo, en medio de convulsiones violentas. Un hombre alto, de contextura delgada y viejo, caminó hacia él con aire de superioridad y se detuvo a su lado.—¿Pensaste en serio que te esconderías por siempre? —Myra, con sus sentidos al máximo, logró escucharle la voz, era grácil como la de un cantante —Si me dices donde está tu hija haré que termine el dolor —una corriente el
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