Capítulo 111. La carnada perfecta
—Abre la puerta rápido, antes de que el vecino de la izquierda vea nuestro auto estacionado demasiado tiempo en este callejón trasero —susurró una voz ronca desde el otro lado de la cerca de madera y hierro.Camila se soltó del abrazo de la manta que envolvía a Diego, recostando al bebé de once meses con cuidado sobre el diván de mimbre del porche trasero. Sus pasos, calzados con sandalias de terciopelo, se movieron sin hacer ruido sobre la hierba húmeda, acercándose al cerrojo de hierro cubierto por una fina capa de óxido. Su corazón latía con fuerza mientras tiraba de aquella palanca metálica, provocando un chasquido agudo que rompió el silencio de la mañana.La silueta de un hombre envuelto en un abrigo negro intenso, con una gorra que le cubría parte del rostro, se deslizó de inmediato a través de la estrecha abertura. Su mano, enfundada en un guante de cuero, entregó una carpeta plástica, gruesa y de color oscuro, directamente a los dedos de Camila. Su fragancia traía un olor ca
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