Augusto la sostuvo con firmeza y, en un movimiento fluido, levantó a Eloise y la sentó sobre la mesada fría de la cocina. Los labios nunca se separaron, los cuerpos ya sabían el camino. El contraste del mármol helado contra su piel desnuda le arrancó un suspiro —que fue rápidamente silenciado por la boca de él, hambrienta.Las manos de Augusto descendieron con precisión. Apretaban su cintura, exploraban sus muslos, y entonces se detuvieron… ahí.Soltó el aire, sin aliento, los ojos clavados en los de ella como si acabara de descubrir algo que lo dejaba completamente fuera de sí.—Sin ropa interior, Eloise… —murmuró entre los besos, la voz ronca, cargada de un deseo que ya no cabía dentro de él.Ella se estremeció, el cuerpo entero pulsando bajo su toque. Augusto rozaba los dedos sobre su piel con una calma enloquecedora, como si supiera exactamente el efecto que provocaba. Los gemidos bajos de ella eran música —y combustible.Inclinó el rostro hacia su cuello, besándola despacio,
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