DAVIDHabía un peso en el aire dentro del castillo, algo denso y pesado que se pegaba a mi piel como humo, sospecha e inquietud. No era solo la piedra centenaria presionándome; eran las miradas, vigilando y juzgando, siguiendo cada paso que daba.Ryan era el peor de todos.Su mirada me seguía a todas partes, penetrante, calculadora, como la de un depredador. No hablaba, pero no necesitaba hacerlo; su sola presencia gritaba: *Te veo*.Jaden, siempre alegre y luminoso, intentaba hacer de anfitrión amable, con la voz burbujeante de emoción mientras me guiaba por los pasillos serpenteantes. —Aún no has visto las salas de guerra —dijo con una sonrisa—. Después del último ataque de vampiros, mamá las mandó a remodelar por completo. Reforzadas, ocultas.Su mamá. Casi sonreí por lo fácil que esa palabra salía de sus labios.Hailey no tenía idea de lo que se avecinaba. Jaden tampoco. Esa era la belleza del asunto.Pasamos bajo altos arcos y el olor a hierro, pergamino y estrategia flotaba en
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