JADEN El gran salón estaba cargado de tensión, el silencio tan denso que podría cortarse con un cuchillo. La dominancia crepitaba en el aire, emanando de mi madre: Hailey, la Reina de todas las especies. Y aun así, frente a ella se encontraba el Rey de los Osos, sin inclinarse, con la arrogancia brotando de él en oleadas. Era enorme, sin duda superaba en altura a la mayoría de los hombres, con músculos gruesos como cuerdas bajo su capa forrada de piel. Sus ojos oscuros y pequeños brillaban con condescendencia mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. —Esto es una farsa —retumbó su voz, resonando por todo el salón—. Una Reina debe decidirse por la fuerza, no por alguna regla visionaria. Puedes tener el título, pero no veo nada que me gane mi respeto. El salón quedó en silencio. Cada Alfa, señor y anciano en la sala contuvo la respiración. Me enderecé, alcanzando instintivamente la daga en mi cintura. Qué increíblemente estúpido había que ser para enfrentarse a la Reina —nuestra ma
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