(POV de Sofía)El eco de mi propia voz pareció rebotar en los muros de piedra, burlarse de mí y luego morir en el pesado aire de la cámara. El pecho me subía y bajaba contra la rígida seda zafiro del vestido, con la garganta en carne viva y ardiendo por el veneno que acababa de derramar sobre él. Esperé el rugido. Esperé que cruzara la distancia, que me agarrara las muñecas, que me devolviera mis palabras con el peso de la ira de un Alfa.Pero la habitación quedó en un silencio muerto.Alejandro solo se quedó ahí. Sus ojos dorados, habitualmente un fuego ardiente de dominancia o cálculo administrativo, parecían completamente apagados. Vacíos. Me miraba a través del parpadeante resplandor naranja del hogar como si mirara a una extraña, o quizás a un fantasma al que ya no tenía energía para combatir. La vena en la sien dejó de latir lentamente.Sin una sola palabra, me dio la espalda
Leer más