Habíamos vuelto a Chicago hacía dos días y Dominic me había dicho aproximadamente cuarenta palabras en ese tiempo, las cuales yo había contado. No deliberadamente, sino porque al parecer era el tipo de persona que contaba cosas cuando intentaba no sentirlas. Cuarenta palabras en dos días de un hombre que había estado lo bastante cerca en una cocina oscura como para que yo sintiera el calor que desprendía y había dicho «esto» no era un regreso a la normalidad. Era una decisión. Y la decisión tenía una cualidad específica y dirigida que me decía que se trataba del lago, de la cocina, del paso atrás y de todo lo que había quedado sin resolver en ese paso atrás, que era todo.El ático se sentía diferente ahora, lo cual era su propio problema, porque era el mismo ático de siempre, las mismas ventanas, la misma vista y el mismo silencio controlado e impersonal. Pero yo había estado fuera tres días, había vuelto y el espacio había cambiado de forma para mí. Se había convertido en algo que co
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