La luna se alzaba ya en lo alto del territorio de la Manada Luna de Sangre, bañando la fortaleza con una luz plateada. Pero en el interior de sus muros de piedra, dos almas se retorcían atrapadas en las cadenas de su propio tormento.La habitación de Livia estaba sellada con capas de acero y poderosos hechizos, enclavada en el ala este, en un lugar donde nadie pudiera percibir su aroma con facilidad. Sin embargo, incluso allí, el aire era denso y cargado con la dulzura de sus feromonas: una fragancia embriagadora y enloquecedora que se filtraba por las rendijas, tentando a cualquier lobo que se acercara demasiado.Ya no estaba tirada en el suelo. La habían sujetado al armazón de hierro de una cama maciza: grilletes recubiertos de plata le inmovilizaban las muñecas por encima de la cabeza, otros le sujetaban los tobillos, y una ancha banda encantada rodeaba su cintura para evitar que se retorciera con demasiada violencia. No era un acto de crueldad.Era protección: protección contra sí
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