—Livia… —la llamó una voz grave, ronca y profunda; una voz que hizo que el corazón de ella se detuviera por completo—. Sé que estás aquí.Su respiración se cortó.No. Él no. No ahora.Pero ya era demasiado tarde: su aroma se filtraba por las rendijas de la puerta y se mezclaba con el de ella en una tormenta de calor primitivo. Y en el instante en que aquel olor llegó a sus sentidos, su determinación empezó a flaquear.—Compañera… —susurró Lily con suavidad, con la voz llena de añoranza.—No… detente —siseó Livia, apretándose el pecho como si quisiera romper aquel vínculo con sus propias manos—. Somos libres. Ya no lo necesitamos.Pero su cuerpo no le obedeció.Cada instinto le gritaba que abriera la puerta. Cada parte de su ser le suplicaba que corriera a sus brazos. Y cada aliento que tomaba despertaba en ella un deseo tan intenso que le daba miedo.Al otro lado, los pasos de Aldus se detuvieron. Estaba allí mismo, a solo unos centímetros de distancia.—Sal —dijo con calma, aunque su
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