POV de NINAEl penúltimo viernes de abril, tras cerrar la consulta antes de lo habitual, decidí pasar por una pastelería tradicional cerca del barrio de Salamanca para comprar los dulces favoritos de Jose y Mateo. Al entrar en casa, el sonido de risas ahogadas provenía del estudio improvisado que habíamos habilitado en la segunda planta. Subí las escaleras con sigilo, empujando ligeramente la puerta blanca para asomarme sin interrumpir.Jose y Mateo estaban sentados frente a frente en sendos taburetes altos, con los delantales manchados de óleo y acrílico de mil colores. Jose sostenía un pincel fino de punta redonda, enseñándole al niño cómo difuminar las sombras en el cielo de un pequeño lienzo que representaba un atardecer sobre los tejados de Madrid.—No fuerces tanto la muñeca, Mateo —le decía Jose con una paciencia infinita, guiando con suavidad la mano del niño sobre la tela—. El arte no se trata de doblegar el material, sino de dejar que la luz encuentre su propio camino entre
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