POV de NINAEstar sentada en el porche de la villa de Jose, con la cabeza apoyada en el hombro de Theo y Mateo medio dormido en mi regazo tras una intensa jornada de juegos, era una estampa que, de habérmela contado unos años atrás, habría calificado de imposible. Las personas no cambian de la noche a la mañana; se necesita algo más que la simple voluntad para demoler las estructuras del orgullo y levantar, sobre esos cimientos calcinados, un espacio donde la concordia sea posible. Y sin embargo, allí estábamos.Al día siguiente, el sol de julio se levantó con una fuerza unusualmente cálida, despejando cualquier rastro de neblina matutina sobre los acantilados. Habíamos acordado pasar la mañana en el puerto pesquero del pueblo antes de tomar el tren de regreso a Madrid por la tarde. Mateo, con la energía renovada propia de sus diez años, correteaba entre los puestos de los pescadores locales, señalando las redes, las boyas de colores y las barcazas que regresaban con la marea alta.Jo
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