No sabía cómo ayudar a Gamaliel. La razón me decía que tenía que dejarlo vivir la transformación solo, sin intervenir. Por otra parte, mi instinto gritaba que me acerque a él, que lo ayude. Su figura humana se encontraba recostada sobre el suelo, temblaba con fuerza y estaba en posición fetal. Me acerqué con pasos lentos, pero seguros. Una vez que estuve a pocos centímetros de él me senté a su lado sobre mis patas traseras y acerqué mi hocico a su rostro. Pasé mi lengua por su fría piel y eso lo hizo reaccionar. Abrió los ojos y el reconocimiento inundó sus ojos. Parecía mirarme como siempre, como si yo fuera la misma chica que hace unas horas lo había llevado hasta el río para vivir nuestros últimos momentos de normalidad. Y la misma que hace unos meses lo había salvado de la muerte con esa loba del sur que lo había atacado en Manhattan. —No te resistas al lobo —hablé en el lenguaje de la mente. Gamaliel intentó responder con una sonrisa. Entonces ocurrió algo. Un grito agudo
Leer más