—¡La tomó de la mano! Ni siquiera hizo eso con la señorita Natalia…Pero el sonido de pasos firmes descendiendo las escaleras hizo que todas guardaran silencio.Dorian se detuvo en el segundo piso, sujetándose del pasamanos, con la mirada seria y penetrante. Todos bajaron la vista de inmediato.—A partir de ahora, ella será la dueña de esta casa —declaró con voz firme—. Verla a ella… es como verme a mí.—Sí, señor —respondieron todos al unísono, inclinando la cabeza.En la mansión Hamilton, la noticia no tardó en llegar.—¡Ridículo! —exclamó Henry, golpeando con fuerza los apoyabrazos del sofá.Abel frunció el ceño sin decir nada, pero su incomodidad era evidente.Isabel, por su parte, sentía una chispa de triunfo en el pecho. Pero ocultó su satisfacción tras una expresión seria y una voz suave mientras ordenaba:—Sirvan té para mi padre. Papá, cálmate.Para Henry y su esposa, Isabel era como una hija. La habían criado desde niña, y ella, por costumbre, los llamaba “padres”.Y ahora,
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