Lucas acunó mi rostro con sus manos grandes, esas mismas manos que me habían sostenido en la ducha helada de París y que habían derribado a Max en el sótano. Se inclinó y me besó.No fue un beso de cortesía. Fue el beso de dos personas que habían estado conteniéndose durante toda la noche, un choque de labios hambriento, desesperado y dolorosamente consciente. Su lengua buscó la mía con una urgencia que me hizo soltar un jadeo ahogado que se perdió en su boca. Mis manos se enredaron en su cabello castaño, tirando de él, pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre los dos. El sabor a vino tinto y a la promesa del futuro nos envolvió por completo.A lo lejos, en el patio, la voz de Dominic empezó a resonar a través de los altavoces de la casa, iniciando la cuenta regresiva oficial.—¡DIEZ! ¡NUEVE! ¡OCHO! —el grito unísono de la familia llegó como un eco distante.Lucas profundizó el beso, su mano bajando por mi espalda para apretarme contra su cadera, re
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