—Alexander, por favor —Roisin por fin dice algo, y me alegra que le pida a ese idiota que se vaya—. Vete, que Peter y yo necesitamos espacio.No voy a hacer mi papel de pendejo como él. Ni siquiera lo miro cuando se levanta del sillón, solo los observo a ellos: a mi mujer y al pequeño que tiene en brazos. Escucho cerrar la puerta; esa rata se fue.Mi pequeño fuego.Me acerco a la cama y me siento junto a ella, quien no puede contener las lágrimas. Su perfume todavía me quema la nariz, mezcla de lavanda y su fragancia habitual. Sé que he sido un idiota, que hice las cosas mal. Pero no me odia, solo está enojada, la entiendo. No ha sido fácil para ninguno de los dos.—Hola, mi amor, ya estoy aquí —le digo, sosteniendo su rostro con mis manos, sintiendo el calor de su piel y buscando sus labios con los míos, esos que extrañé tanto y muero por probar otra vez—. Lo siento, no quise fallarte.Roisin acorta el mínimo espacio que había entre sus labios y los míos, y vuelvo a la vida con el be
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