REBECA—¡Rogelio Stein, bájate de esa barda ahora mismo o le hablo a tu abuelo para que venga por ti! —grité, sosteniéndome de la base de la espalda mientras el calor de la Ciudad de México me pasaba factura.Mi hijo de doce años, que ya me pasaba el hombro y tenía los mismos ojos intensos y la percha altiva de su padre, se bajó de un salto ágil, sonriendo con esa maldita simpatía norteña que desarmaba a cualquiera.—Tranquila, mamá. Solo estaba alcanzando el dron de Leo —se justificó el preadolescente, acomodándose la gorra hacia atrás.Al lado de mi hijo, un pequeño de cinco años, peli oscuro y de ojos color miel, asentía frenéticamente con la cabeza. El niño era una fotocopia exacta, miniatura y descarada de Bruno, traía los pantalones cortos llenos de lodo y una caja llena de superhéroes.—Sí, tía Rebe. Mi dron se atoró y mi primo es muy fuerte, como mi papá —añadió el pequeño Leo con ese tono norteño arrastrado que había heredado de la combinación más explosiva de la productora.
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