RICHARDMe recosté en la bañera, dejando que el agua tibia relajara mi cuerpo, pero por mucho que me sintiera a gusto, mi mente se negaba a calmarse. Mi teléfono, sobre la encimera de mármol cercana, no dejaba de encenderse. Diferentes nombres aparecían en la pantalla uno tras otro: Erika, Sarah, Annie, Jenny. Mensajes, llamadas perdidas, notas de voz, todo llegaba sin cesar.Normalmente, habría contestado al menos una llamada, respondido un mensaje o incluso sonreído ante la atención. Ese tipo de vida solía entretenerme. Era fácil, sin esfuerzo y nunca complicada. Pero ahora, ni siquiera me molesté en coger el teléfono. Simplemente me quedé mirando al techo, dejando que las notificaciones siguieran llegando sin importarme.La verdad era que mis pensamientos ya no estaban centrados en ninguna de esas mujeres. Mi mente volvía una y otra vez a una persona, y por mucho que intentara distraerme, seguía pensando en Marcella, en su sonrisa y en lo diferente que se había vuelto desde la prim
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