La puerta de entrada se abre y entro sin pensar. Cada paso sobre el suelo de madera retumba en mis oídos, pero no me importa el ruido. Mi mirada barre el lugar: la disposición de la sala, los muebles, la luz que entra por las ventanas, todo se difumina ante la urgencia de encontrarla. La cocina, la sala, los rincones del piso inferior… nada. No está.Las escaleras se elevan ante mí como una promesa. Subo de dos en dos, impulsado por el miedo y la esperanza. Cada escalón vibra bajo mi peso, resonando en el silencio expectante de la casa segura. Mis manos rozan el pasamanos, pero no siento nada; estoy ciego a todo excepto a ella.Entonces, la puerta de uno de los cuartos se abre. La veo. Por un instante, el mundo se congela. Nos miramos, detenidos por la fracción de segundo en la que nada más importa. Sus ojos me buscan y todo el miedo, la rabia, la incertidumbre, se disuelven en su mirada.Corre hacia mí sin pensarlo, sin medir distancia. La siento estamparse contra mi pecho, y mis bra
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