Tres años después.La luz del domingo se filtraba por los inmensos ventanales de la nueva residencia Vance, una propiedad que, a diferencia del ático de cristal y acero de Manhattan, estaba rodeada de robles centenarios y el sonido constante del viento entre las hojas. El hogar ahora olía a café recién hecho, a libros nuevos y a ese aroma inconfundible y dulce que desprenden los niños pequeños.Sebastián, o "Seba", como Elliot lo llamaba con una devoción que aún sorprendía a quienes conocían su antigua faceta de tiburón financiero, corría por la alfombra del salón. Era un niño precioso, con el cabello oscuro y espeso de su padre y los ojos curiosos y brillantes de Daniela. A sus dos años y medio, el pequeño Seba era el centro de un universo que antes había sido frío y solitario.Daniela observaba la escena desde el sofá, con una taza de té entre las manos. Había terminado su tercera canción, que ya encabezaba las listas de los hits con más reproducciones, pero su mayor orgullo no
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