El olor a antiséptico y café quemado siempre le había provocado náuseas a Martina, pero esa noche se sentía como el aroma de su propia derrota. Las luces fluorescentes del pasillo del hospital parpadeaban con un zumbido eléctrico que le taladraba los oídos, mientras ella observaba sus propias manos, aún manchadas con la sangre seca de Christian.—Familiares de Christian Delgado —anunció una enfermera de rostro impasible.Martina se puso de pie de un salto, ignorando el dolor en sus rodillas magulladas por la caída en el asfalto. Antes de que pudiera dar un paso, una figura elegante y gélida se interpuso en su camino. Era Rosa Delgado.La madre de Christian no lloraba. Su columna estaba tan recta que parecía a punto de quebrarse, y sus ojos, del mismo gris tormentoso que los de su hijo, diseccionaron a Martina sin piedad.—Él está estable —dijo Rosa, aunque su voz flaqueó por un milisegundo—. La bala no tocó ninguna arteria principal. El detective Morrison está afuera esperando para to
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