Elara se sentó, su mandíbula apretándose con ira.
¿Qué está tramando ahora? se preguntó amargamente.
“Victor, el dinero no va a cambiar nada”, murmuró para sí misma. “Nada va a arreglar lo que ya está roto.”
Pero tan rápido como surgió la ira, la culpa la siguió.
Recordó lo duramente que le había hablado a su hijo antes.
“Ugh…”, gimió suavemente, pasándose una mano por el cabello.
Sin perder otro segundo, caminó por el pasillo hasta la habitación de Daniel y llamó suavemente antes de entrar.
Él estaba acostado en la cama, fingiendo dormir.
Elara se sentó con cuidado en el borde de su cama.
“Cariño”, dijo suavemente, apartándole el cabello, “lo siento por haberte gritado antes, ¿de acuerdo? Estaba cansada… pero eso no es tu culpa. Lo siento mucho.”
Daniel se sentó lentamente, ajustándose sus pequeños lentes con una compostura sorprendente.
“Está bien, mami”, respondió con calma.
El corazón de Elara se derritió. Había criado a un pequeño hombre gentil y comprensivo.
“¿Qué tal esto?”, co
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