“¡Haz que se detenga!” grité, mi voz quebrándose hasta volverse ronca e irreconocible.Un violento temblor recorrió mis piernas. Intenté arrastrarme para alejarme, pero otra ola de agonía me golpeó, aplastándome contra el suelo frío y fangoso. Mis muslos ardían mientras los músculos se desgarraban y reconstruían—más gruesos, más fuertes—remodelándome contra mi voluntad. Mis rodillas se doblaron hacia atrás con un crujido espantoso, y otro alarido desesperado brotó de mi garganta.La lluvia caía sobre mí, mezclándose con barro, sangre y lágrimas, mientras mi cuerpo se retorcía en algo que ya no era humano. Cada gota punzaba mi piel, pero el dolor de la transformación era mucho más agudo, absoluto.Apreté la mandíbula cuando un dolor punzante se extendió por mi rostro. Mis dientes latieron dentro de mis encías antes de forzarse hacia afuera. Volví a gritar, pero el sonido se deformó a mitad de camino en un gruñido ahogado, áspero y animal.“No… no… esto no es real…” sollozaba, sacudiend
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