Di vueltas por toda la casa con el móvil en las manos sin que dejara de sonar, entre llamadas entrantes y mensajes que llegaban sin parar.¡¿Estaba loco?! ¡¿Por qué insistía?!No quería responder y él no paraba, seguía llamando.Me detuve frente al baño, recostada a la pared, leyendo los mensajes que se reflejaban en la pantalla. «¿Me dejarás sin saber de mis hijos o conocer el rostro de mi esposa a quien le hice tanto daño?»«Perdona, exesposa.»«Vamos, responde. ¿Qué puedes perder?»«¿Te llevo vino?»«Megan amada esposa, contesta»Todos esos mensajes envió, uno detrás de otro.Se lo estaba tomando a broma mientras yo moría de los nervios y me ahogaba la vergüenza.¿Por qué no relajarme y también reírme de lo sucedido? Estaba convencida de que él no conocía mi rostro, es decir, ¿qué tenía que perder?Una charla por teléfono, mensajearnos, no le haría daño a nadie. Podría despejar mi mente, divertirme un rato y quién sabe si soltar una carcajada, despejar mi mente de Gabriel o de esta
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