La mañana siguiente llegó envuelta en luz dorada. El sonido de las olas entraba por las ventanas abiertas, mezclándose con el aroma a café y pan recién hecho. La casa de la playa estaba viva otra vez, llena de pequeños ruidos cotidianos que, para Valeria, seguían sintiéndose como un milagro. Damián estaba en la cocina. Concentrado. Demasiado concentrado para alguien que sólo estaba preparando el desayuno. —¿Desde cuándo cocinas? —preguntó Valeria, apoyándose en el marco de la puerta, cruzada de brazos y con una sonrisa divertida. Él ni siquiera se giró. —Desde que decidí que mis hijos no iban a sobrevivir a base de cereal —respondió con seriedad fingida. —Oh, claro… ahora eres padre modelo. —Siempre lo fui, sólo que estaba… indispuesto —dijo, mirándola de reojo con una sonrisa ladina. Antes de que pudiera responder, unos pasos rápidos irrumpieron en la escena. —¡Buenos días! —gritó Kendra, entrando como un torbellino. Ya no era la niña de antes. Había crecido. Y se nota
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