Los gritos comenzaron tres semanas después del cumpleaños de Sofía, perforando el silencio de las noches como alarma que nadie podía apagar. Mateo despertaba a las dos de la madrugada, luego a las tres y cuarenta, y de nuevo cerca de las cinco, con chillidos que hacían que Ella saltara de su cama con el corazón martilleando en su pecho y las manos temblando mientras corría hacia la habitación de los gemelos.Lo encontraba siempre de la misma manera: enredado en sábanas empapadas de sudor, con los ojos muy abiertos pero sin ver realmente la habitación a su alrededor, atrapado en algún lugar entre el sueño y la vigilia donde los monstruos eran reales y no había adultos que pudieran salvarlo.
Leer más