La tormenta llegó sin advertencia meteorológica, como a veces pasaba en esta ciudad donde el clima cambiaba de ánimo con capricho de diosa temperamental. Comenzó con truenos distantes que hacían temblar las ventanas del departamento, luego se intensificó a diluvio que golpeaba el vidrio con furia que sonaba como ejército de tambores invisibles. A las ocho y cuarto de la noche, justo cuando Ella estaba sirviendo cena que Samir había intentado cocinar —pasta que milagrosamente no había quedado como cartón esta vez— las luces parpadearon una vez, dos veces, y luego se apagaron completamente, sumergiendo el departamento en oscuridad rota solo por relámpagos ocasionales que iluminaban todo en flashes estroboscópicos.
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