CAPÍTULO 110Sebastián de la Torre estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero de su suite, ajustándose los gemelos de plata en los puños de su camisa blanca. Vestía un esmoquin de tres piezas de color azul medianoche oscuro, casi negro, con solapas de seda que acentuaban la amplitud de sus hombros. Su cabello estaba perfectamente peinado, y su rostro, como de costumbre, no revelaba el más mínimo atisbo de ansiedad.O al menos, eso es lo que él intentaba proyectar.Gabriel, que ejercía como padrino de bodas, estaba sentado en un sofá de cuero marrón, bebiendo una copa de whisky puro y observándolo con una sonrisa de pura diversión.— Llevas ajustando ese mismo gemelo durante cuatro minutos, Sebas. Si lo aprietas más, le vas a cortar la circulación a tu propia mano —se burló el abogado, alzando el vaso en un brindis silencioso.Sebastián soltó el gemelo y exhaló un suspiro imperceptible, girándose hacia su amigo.— Es un problema de calibración del metal. — Sí, claro. La culpa es
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