El suave movimiento del barco, apenas perceptible, sumió a Ismael en un sueño profundo. Serena salió a la proa; la brisa salada y el paisaje le hicieron recordar su historia con Isaura, su asistente y amiga a la distancia. Ella era una mujer joven con un matrimonio apretado y ya con dos niñas; se convirtió en su compañera de sala en la maternidad y luego en su amiga. Ella solía escuchar sus historias sin juzgar; estudió a distancia administración empresarial, pero su vida de ama de casa la sacó de las oficinas y la encerró en el cuidado de sus hijas: la mayor, una niña risueña, atenta y jovial; la pequeña, una niña que nació prematura con varios problemas de salud y con una posibilidad de vida de treinta años si tenía suerte.Isaura, sin embargo, era guerrera por convicción, y cuando descubrió a su esposo con otra y la excusa de que ella ya no tenía tiempo para él por estar pendiente de su hija, su vida se ancló en el dolor. “Te crees la madre Teresa”, le reclamó una vez su madre po
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