La isla privada de los Lockwood, un santuario de palmeras inclinadas y brisa con olor a hibisco, se había convertido en un remedo de libertad, los primeros días de exilio transcurrieron en un letargo extraño, donde el lujo de la villa contrastaba violentamente con la devastación interna de sus habitantes.Iván, Alma, Elena y los niños compartían las comidas en una mesa larga de madera de deriva, pero el lugar que solía ocupar Henry, siempre a la derecha de Iván, con su tableta llena de gráficos y su calma imperturbable, se sentía como un agujero negro que succionaba la alegría de la estancia.Iván intentaba mantener la fachada del líder fuerte.Se pasaba las horas en el estudio, comunicándose por líneas seguras con sus contactos en Europa, tratando de rastrear los movimientos de Alister, sin embargo, cuando las luces se apagaban y el silencio de la sel
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