—¡Maldito seas mil veces, Andrew!—, exclamó Ethan Valardi, y el grito desgarró su garganta y el aire viciado de la habitación secreta como si fuera una ráfaga de metralla.Ethan se tambaleó hacia atrás, golpeando con su espalda un estante lleno de suministros médicos. Sus ojos estaban rojos por la rabia y no podían apartarse de la figura en la cama. Era ella. La verdadera Sarah. No la mujer que había estado durmiendo en la mansión de su enemigo, sino la mujer que él conocía en cada centímetro de su alma. Verla allí, conectada a cables, con la piel pálida y esa mirada vacía que luchaba por enfocar, le provocó un dolor físico que superaba cualquier herida de bala.Pero luego, sus ojos bajaron al suelo. El cadáver de Andrew Parker yacía allí, con la boca abierta en un último gesto de sorpresa y los ojos vidriosos reflejando el techo. Todo lo que Ethan había vivido desde que salió de la cárcel—, el odio, la sed de venganza contra Sarah, la amargura de verla con Lysander—, era una constru
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