El hombre frente a mí era el alfa Kaelric Varn, vestido de negro como una tormenta a punto de estallar. Yo era una omega, de blanco, temblando bajo el peso del momento.Recuerdo el día en que bajó por primera vez de aquel coche obsidiana, el Bugatti La Voiture Noire: elegante, ruidoso, raro e imposiblemente caro, igual que él. Me miró una sola vez, con ojos como oro quemado, y dijo: «Cásate conmigo».Así, sin más.Pensé que era una broma. ¿Un alfa, CEO de conglomerados, multimillonario, con una omega? ¡Imposible! Me reí, creyendo que tal vez el alfa de la manada Colmillo de Hierro había perdido la cabeza, o quizá estaba borracho. Pero tres días después llegó un convoy. Flores, guardias, un vestido de novia y anillos de plata. La boda era real.Y ahora, de pie ante él, pronuncié mis votos con manos temblorosas. «Amar y seguir, en luna y sangre, hasta el fin del aullido». Él sonrió levemente; no era una sonrisa cálida, sino de esas que hacen que el corazón olvide cómo latir.Salimos del
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