158. Guardianes del Laberinto.
Lo sentí muy lejano en medio de mis sueños, pero aún así pude sentirlo. Era tan vivo y tan importante: mi hijo, mi pequeño hijo. Podía sentir su conciencia; era apenas un pequeño susurro, como la diminuta flama de una vela, pero ahí estaba. En cuanto desperté, extendí mi conciencia hacia él. Pude sentirlo tan cercano, tan vivo, y eso me llenó el cuerpo de una extraña sensación que hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas.Maximiliano estaba ahí a mi lado, abrazándome desde atrás. Pude sentir su mano deslizándose por mi vientre. — También puedo sentirlo — dijo — . Ya está ahí. Su conciencia se hizo lo suficientemente fuerte. No puede percibirnos ni tampoco entendernos, pero podemos sentirlo. — ¿Así será siempre? — le pregunté.Y él asintió. — Sí, va a ser así siempre. Cada vez su conciencia será más fuerte. Cuando nazca, podrás percibir cuándo tenga hambre, cuándo tenga frío, sueño, o cuándo su pañal esté sucio, porque él también te va a sentir a ti. Es una conexión bastante mági
Leer más