Sebastián se quedó paralizado, sorprendido. Su aroma lo envolvía, su cabello rozando su mandíbula, enviándole escalofríos por la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, Linda se sonrojó y se apartó, corriendo escaleras arriba. En un instante, se había ido.Sebastián permaneció allí, atónito, mirando el espacio vacío que ella había dejado.Esa mujer extraordinaria había encontrado un lugar en su corazón—dulce, reconfortante y, a la vez, peligrosamente desarmante. Él cargaba con responsabilidades, rivalidades y obligaciones, esforzándose por mantenerse intocable. Y, sin embargo, ella se había convertido en su debilidad.¿Podría seguir adelante, firme e implacable?
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