A lo lejos, como un eco en un túnel, escuchaba una voz que la llamaba entre llantos. En su alucinación, deseó con todas sus fuerzas que fuera él. Que fuera Enzo quien gritara su nombre con ese terror tan humano.—Enzo… —susurró en un último aliento, con los labios manchados de carmesí—. En verdad… sí me gustas…Sus párpados empezaron a cerrarse, pesando toneladas. Pero justo antes de que la oscuridad absoluta la reclamara, un estruendo sacudió la estancia. La puerta principal fue abierta con una violencia brutal. Un hombre entró corriendo, tropezando con su propio pánico, gritando su nombre con una voz rota por el horror.Valeria forzó la vista una última vez. A través de la bruma, distinguió un rostro bañado en lágrimas y desencajado por el terror. Era él. Enzo se dejó caer de rodillas a su lado, deslizándose en el charco de sangre para estrecharla contra su pecho.—¡Valeria! ¡No, no, no! ¡Mírame! —Enzo presionó su mano con fuerza sobre la herida
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