Arders Holt estaba sentado en el asiento trasero del coche, aparcado frente al hotel donde se había estado quedando, estaba harto de aquel maldito pueblo aburrido y en lo único que pensaba era en salir de allí, pero su asunto con Drex lo retenía, debía encontrar algo contra él, lo que fuera.Sus hombres vigilaban en turnos, por lo que supo en el preciso momento en el que Drex pisó el lugar con esa maldita moto haciendo ruido en todo el lugar.Arders tamborileaba los dedos en el reposabrazos, la paciencia al límite, no sabía qué hacer. Si se acercaba tan solo un poco más, ese bastardo sabría que él estaba allí, pero… al menos acertó en algo, si se acercaba a Amahia, Drex aparecería.El móvil vibró en su bolsillo. Miró la pantalla: padre.Frunció el ceño. Contestó con voz neutra, escondiendo bien la frustración que sentía.—¿Sí, padre?—Arders. —La voz de Harlan era siempre igual, grave, autoritaria, directa y fría, pero había un tono inusual, casi alegre, que puso a Arders en alerta—. T
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